Creemos en un solo Dios,
Padre todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra,
de todo lo visible y lo invisible;
y en un solo Señor, Jesucristo, el unigénito de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos,
luz de luz,
Dios verdadero de Dios verdadero;
engendrado, no creado, consustancial con el Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros los hombres y por nuestra salvación
bajó del cielo
y se encarnó por obra del Espíritu Santo
y de María la Virgen
y se hizo hombre;
por nuestra causa fue crucificado
en tiempo de Poncio Pilato
y padeció y fue sepultado,
y resucitó al tercer día
según las Escrituras
y subió al cielo;
y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin.
Y en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida,
que procede del Padre;
que con el Padre y el Hijo recibe una misma
adoración y gloria,
que habló por los profetas.
Creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica.
Confesamos un solo bautismo para la remisión de los pecados.
Esperamos la resurrección de los muertos
y la vida del mundo futuro. Amén.
Los Santos Cánones de la Iglesia no son meras disposiciones disciplinarias sujetas al criterio individual o al espíritu cambiante de cada época. Son, ante todo, la expresión concreta de la vida del Espíritu Santo en la Iglesia, manifestada a través de los Santos Padres y los Concilios. Por ello, no deben ser entendidos como textos aislados que se interpretan según opiniones personales, sino como normas vivas que se encarnan en la praxis eclesial.Obedecer los Cánones no es un acto legalista, sino un acto de comunión. En ellos se refleja la experiencia acumulada de la Iglesia frente a errores, desviaciones y necesidades pastorales concretas. Interpretarlos arbitrariamente equivale a separarse de esa experiencia viva y, en última instancia, a debilitar la unidad eclesial. La Iglesia no es una suma de interpretaciones privadas, sino un Cuerpo que vive en la armonía de una misma fe y disciplina.Los Padres no establecieron los Cánones como sugerencias opcionales, sino como guías seguras para preservar la recta fe (ortodoxia) y la recta vida (ortopraxia). Cuando se relativizan o se adaptan sin criterio eclesial, se corre el riesgo de transformar la vida de la Iglesia en algo subjetivo, donde cada uno determina lo que considera correcto. Esto contradice la naturaleza misma de la Tradición, que es recibida, vivida y transmitida, no reinventada.Sin embargo, vivir los Cánones no significa aplicarlos de manera rígida y desprovista de discernimiento. La Iglesia siempre ha conocido la economía (oikonomía), es decir, la aplicación pastoral sabia y misericordiosa de las normas, sin traicionar su espíritu. Pero esta economía nunca es arbitrariedad: pertenece a la autoridad legítima de la Iglesia y se ejerce en continuidad con la Tradición, no en ruptura con ella.Por tanto, los Santos Cánones deben ser vividos en obediencia, en comunión con la Iglesia y bajo la guía de sus pastores. No son objeto de interpretación individualista, sino de recepción eclesial. Solo así cumplen su verdadero propósito: custodiar la fe, ordenar la vida cristiana y conducir a los fieles hacia la salvación en Cristo.
Ser Ortodoxo no es simplemente adherirse a una confesión religiosa ni identificarse con una tradición cultural particular. Es, ante todo, vivir la plenitud de la vida en Cristo dentro de Su Iglesia, que es Su Cuerpo vivo en la historia. La Ortodoxia no se define por una idea, sino por una experiencia: la experiencia de la verdad revelada, custodiada y transmitida sin alteración a lo largo de los siglos.La Iglesia Ortodoxa se reconoce a sí misma como la continuidad ininterrumpida de la Iglesia fundada por Cristo y vivificada por el Espíritu Santo en Pentecostés. En ella, la fe no ha sido reformulada según criterios humanos o adaptada a las corrientes del mundo, sino preservada en su integridad a través de la Sagrada Tradición, que incluye la Escritura, los Santos Padres, la Liturgia y los Santos Cánones.Ser Ortodoxo es participar de esta vida. Es creer como la Iglesia cree, orar como la Iglesia ora y vivir como la Iglesia vive. No se trata de una fe individualista, sino de una comunión: una vida compartida en los sacramentos, especialmente en la Divina Liturgia, donde el fiel se une realmente a Cristo. La verdad de la Ortodoxia no es abstracta; se manifiesta en la santidad, en la transformación del hombre y en su camino hacia la deificación (theosis).Además, la Ortodoxia mantiene una profunda coherencia entre fe y vida. No separa la doctrina de la práctica, ni la teología de la espiritualidad. Todo en la Iglesia —desde los dogmas hasta los gestos litúrgicos— tiene un propósito: conducir al hombre a la unión con Dios. Por eso, ser Ortodoxo implica una conversión constante, una vida ascética, sacramental y comunitaria.Decir que la Ortodoxia es la verdadera vida de la Iglesia de Cristo no es una afirmación de orgullo, sino de fidelidad. Es reconocer que la Iglesia no pertenece a los hombres, sino a Cristo, y que su misión no es reinventarse, sino permanecer en la verdad. En un mundo cambiante, la Ortodoxia se mantiene como testimonio vivo de esa verdad eterna, ofreciendo al hombre no una ideología, sino la vida misma de Dios.Por tanto, ser Ortodoxo es vivir en la Iglesia, no como espectador, sino como miembro activo de su Cuerpo; es caminar en la verdad, nutrirse de la gracia y avanzar hacia la salvación en comunión con Dios y con los hermanos.